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	<title>Jaime-David Tischler</title>
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		<title>Dos Cuentos Jasídicos y una Página del Talmud</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Jun 2011 19:50:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jaimdavid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.jaimedavidtischler.com/2011/06/dos-cuentos-jasidicos-y-una-pagina-del-talmud-3/amidah-i-foto3br-8/" rel="attachment wp-att-316"><img src="http://www.jaimedavidtischler.com/wp-content/uploads/2011/06/AMIDAH-I-foto3br2-150x150.jpg" alt="" title="AMIDAH-I-foto3br" width="150" height="150" class="alignleft size-thumbnail wp-image-316" /></a><a href="http://www.jaimedavidtischler.com/2011/06/dos-cuentos-jasidicos-y-una-pagina-del-talmud-3/amidah-ii-foto-4br-5/" rel="attachment wp-att-317"><img src="http://www.jaimedavidtischler.com/wp-content/uploads/2011/06/AMIDAH-II-foto-4br2-150x150.jpg" alt="" title="AMIDAH II foto 4br" width="150" height="150" class="alignright size-thumbnail wp-image-317" /></a><a href="http://www.jaimedavidtischler.com/2011/06/dos-cuentos-jasidicos-y-una-pagina-del-talmud-3/amidah-iii-foto-5br-6/" rel="attachment wp-att-318"><img src="http://www.jaimedavidtischler.com/wp-content/uploads/2011/06/AMIDAH-III-foto-5br3-150x150.jpg" alt="" title="AMIDAH III foto-5br" width="150" height="150" class="aligncenter size-thumbnail wp-image-318" /></a>	Las fotografías que conforman el tríptico Amidáh fueron tomadas en Jerusalén en el 2009, durante Birkat  A´Hamá; la ceremonia a través de la cual se bendice el sol cada 28 años cuando -según la tradición- éste se vuelve a colocar en el punto que ocupaba cuando fueron creadas las luminarias.  </p>
<p>	Había acabado la ceremonia, cuando vi a este tipo descalzo y rezando, ajeno a todo lo que ocurría o había dejado de ocurrir a su lado.  Ajeno también al dictamen ortodoxo que considera indecoroso rezar con los pies descubiertos.  Antes de poder verbalizar lo que estaba haciendo, me asaltó el impulso de insertar (dentro de  mis discursos fotográficos inacabados sobre el deseo y la memoria) el registro de un modelo ideal de masculinidad, en el que la fuerza física se veía subordinada al quehacer espiritual.  </p>
<p>Hace algunos meses encontré esta página del Talmud que parecía haberse desprendido de mis imágenes. Como si -en un tiempo invertido- éstas se convirtiesen ahora en el comentario visual de las siguientes palabras : </p>
<p>Rabi Yohanán dijo en nombre de R ´Eleazar el hijo de R´ Shimón:  “Cada vez que encuentres las palabras de R ´Eliecer el hijo de R Yosé el galileo, haz de tus oídos un embudo. (Puesto que él dijo:) No vayáis a pensar que fue por vuestra grandeza que el Eterno escogió amaros.  D-os, bendito sea Su nombre, le dijo a Israel: ‘Os amo porque en el momento mismo en que os concedía grandeza os humillabais frente a mí. Concedí grandeza a Abraham y aún así me dijo Soy polvo y cenizas ; a Moisés y a Aharón y protestaron diciéndome No somos nada ; a David y a pesar de ello exclamó Soy un gusano,  ni siquiera un hombre . No sucedió lo mismo con los paganos. Otorgué grandeza a Nimrod y dijo Construyámonos una ciudad ; al Faraón y exclamó Quién es el Señor?  (…)´”.  Raba, según otros R’ Yohanan, dijo “Fueron mas significativas las palabras de Moisés y de Aharón que las de Abraham; puesto que este último dijo Soy polvo y cenizas, mientras que aquellos dijeron No somos nada”. Raba, según otros R´ Yohanán, dijo: “El mundo existe en virtud de Moisés y de Aharón, puesto que esta escrito aquí (que dijeron) No somos nada y esta escrito allí (El) colgó la tierra sobre la nada ”.</p>
<p>	Tres Rabinos recuerdan. R’ Yohanán, lo que le escuchó a R’ Elazar haber escuchado de R’ Eliecer; quien a su vez reconstruye lo dicho (o lo que pudo haber sido dicho) por tres héroes bíblicos: el Patriarca Abraham,  Moisés y Aharón (considerados uno solo) y el Rey David. La Guemará concluye evocando la comparación que otro Rabino (Raba) hace de las dos primeras figuras, guardando un silencio elocuente sobre la tercera de ellas.</p>
<p>	Tres es la figura numérica de las paradojas, la clave oculta de su acertijo.  El poder verdadero yace dialécticamente en su opuesto: la humildad.  La grandeza que, en un acto de amor divino, nos es concedida deviene efímera si no se conjuga con el recordatorio permanente de nuestra insignificancia y profunda vulnerabilidad. Como si a través del cultivo de esta memoria y del diario aprendizaje de la humildad sincera, D-os confirmara retroactivamente la justicia de Su amor;  abriéndonos Su corazón; amándonos hasta el punto de escuchar nuestras plegarias.</p>
<p>	Dentro de la liturgia judía la plegaria, propiamente dicha, recibe el nombre de Amidáh; que literalmente significa postura erguida, por ser ésta la exigida por el ritual.  Los pies juntos, imitando a los ángeles y no sin antes haber dado tres pequeños pasos hacia atrás y otros tres hacia delante, como corresponde a quien se dirige a un Rey. La Amidáh se envuelve en un silencio apenas rasgado por el murmullo de los labios, en cumplimiento de la frase del Salmo que pronunciamos al dar el tercer paso: “Abre D-os mis labios y que pronuncie mi boca Tus alabanzas” .  La misma ceremonia se repite tres veces cada día. No se sabe desde cuándo; según la tradición desde siempre o desde que nos fueron reveladas las alabanzas de los ángeles.</p>
<p>	Nuestra página del Talmud no menciona la Amidáh,  pero ayuda a entender porqué, para rezar, adoptamos una postura que pareciera contradecir la humildad que el mismo texto valora.  Como si, justo en el momento en el que más necesitáramos de ella, nos embargara– a modo de corolario invertido del Midrash  de Rabi Elazar- un paradójico orgullo.  Pero lo que nos mantiene en postura erguida no es el orgullo, sino la expectativa o certeza (según el grado de la fe)  de que D-os responderá amorosamente a nuestra anulación, elevándola al tiempo que nos yergue.  Es a través del reconocimiento de nuestra impotencia que obtenemos acceso al más grande de los poderes: el de conmover a D-os. Como si fuese necesario convertirse en nada para llegar a ser algo y, al mismo tiempo, no fuese posible convertirse en nada sin haber sido algo.</p>
<p>	Hay dos cuentos jasídicos, que aclaran (aunque no en ese orden) los dos extremos de esta última frase.</p>
<p>Un Rey, de cacería en el bosque y atrapado por una tormenta, se ve obligado a buscar refugio en la humilde choza de un campesino. En recompensa a su hospitalidad, el Rey le regala una cubertería de oro. El campesino piensa para sus adentros que de nada le servirán estos cubiertos de oro, cuando apenas tiene qué comer con sus cubiertos de madera; pero acepta de buen grado el presente, pues se trata de un regalo del Rey.  Cuando éste se marcha, guarda los cubiertos en un lugar seguro y continúa con su vida de siempre. Unos meses después, el Rey le manda a decir que, próximamente, visitará de nuevo el bosque y que le gustaría honrarlo con su presencia.  Este responde: Soy un campesino humilde y no tengo derecho a ser honrado de esta forma; pero, gracias a los cubiertos de oro que me regaló el Rey, si que cuento con el poder de recibirlo y de agasajarlo como se merece. </p>
<p>Escuché este relato de mi Rabino ayer por la tarde. Al acabar, agregó: Los cubiertos de oro son las palabras del rezo que nos regaló D-os.</p>
<p>La segunda historia ocurre justo antes del atardecer de Yom Kipur, durante el servicio de Nehilá, cuando las Puertas del Cielo están a punto de cerrarse para juzgar a las almas en el año venidero y la congregación –consciente de la gravedad de la hora- se halla inmersa en plegarias y en penitencia. En un momento dado el Rabino, visiblemente conmovido por esta atmósfera, se lanza al suelo llorando Señor, no soy nada.  El Jazán, al mirarlo, se lanza él también al suelo y  exclama Señor, no soy nada. El Gabay, al ver lo que sus superiores hacen, se arroja él también al suelo y grita Señor, no soy nada.  El Rabino y el Jazán se vuelven a ver y dicen Mira quien habla . </p>
<p>Este último relato –que puede o no haberse inspirado en nuestra Guemará- evoca el silencio que su última parte guarda sobre el Rey David. Al igual que en aquélla, un tercer personaje es incorporado con el objeto de ser excluido: su humildad ni siquiera merece ser comparada con la de los otros dos.  Como si, por las coyunturas históricas de su redacción (destrucción de la soberanía política y, por ende, la necesidad de reinventar un modelo de masculinidad que, en oposición al romano, asegurase una táctica de supervivencia)  el Talmud tuviese la necesidad de dejar claro que la verdadera grandeza de Israel nunca residirá en su dominio mundano, sino en su poder espiritual.  No en el imperio político, sino en la persuasión de la Amidáh. </p>
<p>	Los último años de Federico II, presenciaron un resurgimiento de la intolerancia que en vano intentó erradicar. En 1242 son quemadas en París todas las copias existentes del Talmud. Durante los tres siglos siguientes,  una serie de bulas papales lo someten a censura, prohíben su estudio y finalmente ordenan su destrucción.  </p>
<p>Un pergamino del Siglo VIII, en el que había sido transcrito el Tratado de lo Mundano (al cual pertenece nuestra Guemará) sobrevivió al fuego. Comparando su texto con el que conocemos actualmente, descubrimos que sobrevivió también a las sucesivas censuras de la Iglesia. No es imposible que estas mismas palabras -escritas en un idioma que éste conocía y que consideraba ser la lengua original de la humanidad- hayan sido leídas por el Emperador; ni que alguno de sus consejeros judíos haya comparado íntimamente su destino con el del Rey David. </p>
<p>San José, Costa Rica; 27 de Marzo del 2011</p>
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		<title>El Tercer Trono</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Sep 2009 18:45:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jaimdavid</dc:creator>
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</p>
<p style="TEXT-ALIGN: justify">Estaba resultando ser un Shabat difícil. Me sentía triste y la consciencia de estarlo profanando con mi melancolía, lejos de curarme me entristecía aún más. En vano intentaba reencontrar el místico gozo con el que solía vivirlo antes de hacer este último viaje a Israel; menos aún la alegría cristalina a través de la cual habían sido elevados los cinco Shabatot que acababa de pasar en Jerusalén. Era más fuerte la auto-compasión de su nostalgia. En un abrir y cerrar de ojos (o mas bien, de las compuertas de un avión) había regresado a mi exilio natal, desde el cual –impotente- descubría que la añoranza de lo no vivido (pero de alguna forma recordado) resultaba ser menos dura que la memoria de lo recién experimentado y perdido irrevocablemente.  Me aferraba a creer que en algún sitio conservaba la llave; que cerrando los ojos, sería capaz de rezar con <em>kavaná</em>, de cantar estas <em>Zmirot </em>con la fuerza que me acompañaba cuando mi voz se sumaba a la de los <em>bachurim</em> de Mayanot. Pero Mayanot había quedado lejos y yo me sentía más solo que nunca. <span id="more-141"></span></p>
<p>Estando allá, había logrado apaciguar la angustia de mi nostalgia anticipada, cultivado la esperanza de que, a mi regreso, volvería a encontrar aquella llave en la fuerza exuberante de la naturaleza que envuelve mi casa de campo. Por tal motivo, me había venido aquí, sacrificando el rezar con <em>minyam</em> para no entristecerme comparándolo con la energía que había encontrado en las sinagogas de Breslav y de Chabad en Jerusalén. Pero la llave no estaba en su sitio y ahora era demasiado tarde para volver a San José.</p>
<p>En lugar de elevar mi voz, me sorprendían las lágrimas, ensordecidas a la santidad del día y a la bendición de poder celebrarlo envuelto en los sonidos del bosque y en el murmullo del río que con tanta fuerza rendían testimonio a la magnificencia absoluta de la Creación. </p>
<p>Era tal mi desolación que, a la mañana siguiente -después de haber rezado <em>Shajarit</em> y de haber leído la <em>Parshá</em> de la semana- no busqué mi bicicleta (como suelo hacerlo) sino que tomé un libro, lo abrí en una página cualquiera y allí estaba, esperándome, una historia sobre el Baal Shem Tov que comenzaba así:</p>
<p>&#8220;Cuando el Besht era un hombre joven, lo atormentaba la ansiedad de no estar cumpliendo con las <em>mitzvot</em> de forma debida. En especial le preocupaba la observancia del Shabat, ya que -siendo tantas y tan complejas sus normas-  resultaba casi imposible cumplir a cabalidad con todas y cada una de ellas&#8221;.</p>
<p>Volví a mirar el título de la leyenda –&#8221;Los Dos Tronos&#8221;- y de inmediato supe que había sido descubierto por ella; que, durante todo el tiempo en el tuve este libro, me había estado esperando con la paciencia de quien esconde la respuesta a un acertijo que aún no sabía haberme planteado.  Seguí leyendo:</p>
<p> </p>
<p>&#8220;Ese Shabat el Baal Shem Tov le pidió al profeta Ahía Hashiloní (quien en vida había sido el maestro de <em>Elyahu Hanaví</em>)<em> </em>que lo condujese al  sitio reservado en el Paraíso para quienes cumplen, de manera más perfecta, con la <em>mitzvá</em> de observar el Shabat.  Accediendo a su ruego, el profeta hará ascender su alma a través de las diversas estancias del Palacio Celestial hasta llegar a un lugar al que ni siquiera los ángeles y los <em>Serafim</em> pueden acceder. En esta recámara encuentran una mesa preparada para un banquete y, a su cabecera, radiantes, dos tronos dorados cubiertos de piedras preciosas&#8221;.</p>
<p>Cuando el Baal Shem Tov le pregunta al Profeta Ahía para quien han sido preparados estos tronos,  éste le contesta: &#8220;El segundo trono será para ti, si tienes la sabiduría de aprender –de quien ocupará el primer trono y será tu acompañante en el Paraíso- la forma perfecta de observar el Shabat&#8221;.</p>
<p>Esa misma noche, apenas concluida la <em>Havdalá</em>, el Baal Shem Tov le pide a su sirviente Alexei que prepare los caballos y sale en búsqueda de este sujeto, que por la meritosa forma con que observa el Shabat será su compañero en el Paraíso. Siendo el Besht un cabalista, recurre a la combinación de Nombres Divinos para alcanzar este propósito: Alexei suelta las riendas y le da la espalda a los caballos, mientras éstos -místicamente guiados- corren a encontrarle, contrayéndose la tierra bajo su galope hasta cubrir en pocos días una distancia inimaginable. (Para brindar una idea de lo lejos que han viajado, el texto indica que arriban &#8220;a una ciudad extranjera en la cual no vive ni un solo judío&#8221;).</p>
<p>Finalmente los caballos se detienen frente a una casa y el Besht entiende con ello que es aquí donde vive quien estaba buscando. Toca la puerta y un hombre sale a recibirlo. El Baal Shem Tov reconoce de inmediato que este hombre es judío, aunque no lleve ni <em>kipá</em> ni barba, ni se vista como judío. Cuando le pide, en lengua extranjera, hospitalidad por unos días, el hombre acepta efusivamente y le brinda una cálida bienvenida a su hogar. Al poco tiempo, sin embargo, el Besht descubre (no sin estupor) que este sujeto no sigue una vida judía ni practica ninguna de sus costumbres: come sin lavarse antes y sin haber bendecido los alimentos, consume comida no <em>kasher</em> y ni siquiera reza. ¿Será posible que este mismo sujeto observe el Shabat meticulosamente y esté destinado, por tal mérito, a ser su compañero en el <em>Gan Eden</em>?</p>
<p>Aun así, razonó el Besht, si sus caballos habían parado aquí, no podía tratarse de ningún otro. Sin duda su extraño anfitrión <em>debía</em> de ser una persona especial, quizás un <em>Lamed Vavnik </em>que por humildad, no revela su <em>kedusha</em>. Por lo tanto, decide esperar a la llegada del Shabat y a ser testigo de la forma perfecta en que éste será honrado por aquél.</p>
<p>Pero este Shabat habría de ser el más triste de los que hasta entonces hubiese vivido el <em>Besht. </em>No había comida <em>kasher</em> en la casa y por supuesto que ninguno de los platos tradicionales judíos, como <em>gefilte fish </em>o <em>chulent</em>. Todo lo que pudo comer fueron unos trozos de pan seco que había traído consigo para el camino. A la mañana siguiente, tuvo que rezar <em>Shajarit </em>sin leer la <em>Parshà</em><em> </em>de la semana, ya que no había disponible ningún <em>Chumash</em>.</p>
<p>Por más que se esforzara el Besht en descubrir en el comportamiento de este judío oculto el más remoto rastro de observancia del Shabat, no encontraba sino todo lo contrario. Ese Sábado por la tarde –como para coronar el <em>Jilul Shabat</em>- su anfitrión organizará una gran fiesta, a la que invita a todos sus amigos gentiles y en la que hombres y mujeres se mezclan libremente: comiendo, bebiendo y bailando juntos y, como si fuera poco, fumando cigarrillos. El anfitrión, sumamente animado, no para de correr de un lado a otro, haciendo todo lo posible para que sus amigos estén contentos; mientras que el Besht, incapaz de sumarse a esta celebración, se pregunta desilusionado: &#8220;¿Será este hombre basto y tan absolutamente no espiritual –este sujeto que comete todos estos pecados contra la santidad del Shabat- quien está destinado a ser mi compañero en el Paraíso?&#8221;.</p>
<p>Esa noche después de la <em>Havdalá</em><em>, </em>el Besht, aún confundido y dolido, recoge sus cosas para marcharse de inmediato. Antes de partir, sin embargo, lo asalta la curiosidad de preguntarle a su anfitrión: &#8220;¿Qué era lo que celebrabas esta tarde?&#8221;.  El hombre le contesta: &#8220;Te confesaré la verdad: soy judío pero no se nada del Judaísmo. Quedé huérfano siendo muy niño y los gentiles que me adoptaron me llevaron lejos de donde había nacido. Pero hay una sola cosa que recuerdo de mis padres: los Sábados por la tarde preparaban un gran festín para todos sus vecinos y hacían todo lo posible para que éstos estuvieran contentos. De modo que trato de ser un buen judío de la única manera que conozco: celebrando con alegría el Shabat a través de esta gran fiesta que le ofrezco a todos mis vecinos. Este es mi Judaísmo y lo cumplo con toda mi alma y corazón&#8221;.</p>
<p>El Besht comprendió de inmediato que este hombre era devoto y santo y de que, en el interior de su alma exaltada, llevaba un verdadero corazón judío. ¿Cuántos otros, criados en circunstancias similares, actuarían como él, cumpliendo la única cosa que sabe del Judaísmo con tanta fe y devoción?            Su primer impulso fue retornar esta gran alma a su raíz judía, explicándole en detalle todas las reglas del Shabat y como los judíos realmente cuidan de tal día. Pero cuando intentó abrir su boca, sintió que algo le presionaba la garganta. Los grandes <em>Tzadikim</em> tienen entrenado su cuerpo para que cada uno de sus músculos no se muevan sino es para cumplir con la voluntad de <em>HaShem</em>. Por ello, el Besht se despide de su anfitrión con un abrazo silencioso y de camino comprende la razón por la cual el Cielo le quitó en esos momentos su poder de habla. De haberle explicado a aquél las muchas y complejas normas relativas a la observancia del Shabat, éste se hubiese dado cuenta de que, por su formación y sus circunstancias, no le será posible cumplir con todas ellas. El sitio tan elevado que había alcanzado su alma -a través de esta forma de celebrar el Shabat con todo su corazón, con alegría y con devota simplicidad- se perdería si descubriera la distancia que lo separa de la forma en que tradicionalmente ha de hacerlo. Su observancia, como mucho, alcanzaría el promedio y la felicidad que sentía durante el Shabat –que con tanta fidelidad guardaba de acuerdo a sus habilidades y capacidad de entendimiento- desaparecería inevitablemente.</p>
<p>Esta experiencia le enseñó al Besht una lección muy importante, no sólo con respecto al Shabat sino en relación a todas las <em>mitzvot.</em> Lo importante no es cuanto se hace sino el hecho de que todo lo que se haga se realice con gozo y con alegría.</p>
<p>Una vez de regreso en casa, el Baal Shem Tov le pedirá a su maestro, el profeta Ahía, que lo conduzca al lugar reservado en el Mundo Venidero para quienes peor cumplen con la <em>mitzvá </em>de observar el Shabat. Es así como será conducido, a través de desiertos sórdidos, a una cueva por la que descienden hasta alcanzar el Infierno y, por debajo de éste, a un agujero aún más profundo. Allí el Besht encuentra dos tronos humeantes, hechos de negro carbón y de los que se desprende un olor fétido.</p>
<p>Consternado, le pregunta al profeta para quienes han sido reservados estos tronos tan terribles. Ahía le contesta: &#8220;El segundo será para ti, al menos que cuentes con la sabiduría de no emular, de quien ocupara el primer trono, su modo descarriado de observar el Shabat &#8220;.</p>
<p>Ese Viernes el Baal Shem Tov le pedirá a sus caballos que lo lleven a la casa de este judío que tan falsamente cuida el Shabat. Esta vez el viaje será corto. Pronto llegan a un pueblo cercano, atravesando calles repletas de judíos que corrían de un lado a otro haciendo sus últimas compras antes del Shabat. Finalmente los caballos se detienen frente una casa, desde la que se escuchaba el cántico de alguien estudiando <em>Torá</em>. Tal sonido hace que el Besht comprenda que se encuentra frente a la casa del Rabino del pueblo, conocido por su forma estricta de adherirse a los detalles más minuciosos de la observancia religiosa.</p>
<p>Habiendo tocado la puerta, es recibido por un sirviente, quien le indica que el Rabino está ocupado y que tendrá que esperarlo. Tan absorto estaba éste en su estudio que ni siquiera alza la mirada para saludar a su huésped. El Besht lo espera pacientemente, sin poder evitar pensar que, si bien el estudio de la <em>Torá</em> es algo sagrado, los Sabios enseñan que el mismo Abraham interrumpió su conversación con D-os, para salir a recibir a sus tres visitantes. Finalmente, el Rabino alza la vista, lo saluda débilmente y accede sin efusión alguna a su petitoria de hospitalidad para este Shabat, pidiéndole a su sirviente que se haga cargo de todo. Acto seguido, retorna a sus estudios.</p>
<p>Este Shabat fue un día terriblemente lúgubre para el Besht. La tristeza y la oscuridad impregnaban la casa del Rabino. Este tenía tanto miedo de violar la prohibición de tocar cualquier objeto que sirviese para realizar un acto prohibido en Shabat que, aterrorizado de extenderlos, se mantenía con los brazos pegados al cuerpo. Era tanto su miedo a aplastar por error una hormiga –y violar con ella la prohibición de matar criatura alguna en Shabat- que se mantenía sentado sin atreverse a estirar los pies. De modo que, durante toda la duración del Shabat, el Rabino permaneció estático, con sus manos y sus pies recogidos como un prisionero.</p>
<p>El Besht comprendió de inmediato que esta forma de cuidar el Shabat genera desagrado en el Cielo e intentó explicarle al Rabino como observar el Shabat con gozo y con alegría. Pero al abrir sus labios, no salieron palabras y su lengua quedó paralizada. Fue así como recordó que, si bien los Sabios explican que es una <em>mitzvá </em>instruir a quien está dispuesto a escuchar, también es una <em>mitzvá </em>no hacerlo cuando de antemano se sabe que esta persona no se encuentra en la disponibilidad de escuchar, generando con ello argumentos y una controversia innecesaria. Tan seguro se sentía este Rabino de su erudición en la <em>Torá</em> y de su forma estricta de cumplir con sus mandamientos, que jamás habría sido capaz de aceptar enseñanza alguna del Besht.</p>
<p>La historia termina con las siguientes palabras: &#8220;De estas dos experiencias el Baal Shem Tov aprendió la importancia de cumplir con alegría, tanto con el Shabat y como con todas las <em>mitzvot </em> de la <em>Torá</em>. Anteriormente, al Besht lo dominaba la ansiedad de no estar sirviendo a <em>HaShem</em> adecuadamente, pero ahora comprendió que un miedo excesivo al pecado, con sus concomitantes culpa, ansiedad y tristeza, es incapaz de brindarle placer a D-os. Desde entonces, entendió que el Judío debe de deleitarse en el Shabat y en cumplir con la voluntad divina y, al hacerlo, debe de impedir que el miedo a la transgresión ahogue el gozo que extrae de su Judaísmo&#8221;.</p>
<p>Cuando cerré el libro, me quedé pensando en lo que hubiese sucedido si los labios del Besht no hubiesen sido sellados y hubiese podido instruir a su primer anfitrión en la forma correcta de cuidar del Shabat. O más bien (para acercar aún más mi vida a esta leyenda) ¿qué hubiese sucedido si este último, conmovido por el abrazo silencioso de su misterioso huésped, hubiese emprendido por si solo la búsqueda que lo llevase a descubrir lo que el Besht no pudo explicarle? ¿No era esto, acaso, lo que yo mismo había venido haciendo, desde que comencé a sentir que había algo indescriptible que añoraba mi alma y que ésta no encontraba sosiego sino emulando las costumbres de mis abuelos jasídicos asesinados en la <em>Shoá</em>? La doble orfandad de haberlos perdido sin conocerlos y de haber sufrido la muerte prematura de mis padres, me hicieron crecer ignorante de este legado. (Nunca supe, por ejemplo que el padre de mi madre había sido un devoto <em>jasid</em> de Guer y también <em>Gabay</em> y <em>Dayán </em>en la sagrada <em>kehilá </em>de Modjitz). El paso que con naturalidad debió de haber seguido hubiese sido el de convertirme en un <em>Jozer Le Tshuvá</em>; pero, en lugar de ello, perpetué la crisis emprendiendo el imposible camino de unir mi presente a mi pasado y viceversa. Este primer Shabat fuera de Israel abrió dolorosamente mis ojos al abismo insalvable de su distancia.</p>
<p>¿Existirá un Tercer Trono para quienes permanecemos en el limbo, creyendo que es posible cumplir las <em>mitzvot</em> con alegría jasídica sin volvernos jasidim? ¿Habré sido condenado a éste por no haber permitido que el Baal Shem Tov partiese en silencio?</p>
<p style="text-align: right;">El Bosque de La Fortuna, 24 de Elul 5769  (Sept. 2009)</p>
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		<title>El Judio Ausente o la Politica de la Memoria</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Jan 2009 20:05:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jaimdavid</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Publicado en La Nacion, Costa Rica.

Febrero, 2009.]]></description>
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</a>
          Hubo una época en que era posible hablar del Holocausto sin mencionar a los judíos. Durante la guerra fría, tras la Cortina de Hierro, el <em>aparat </em>estalinista fue consistente en su decisión de eliminar toda alusión a ellos, <em> </em>tanto en las crónicas oficiales como en los monumentos conmemoratorios a las “víctimas del fascismo”; haciendo abstracción de que la inmensa mayoría de éstas no había sido asesinada por su oposición al régimen, sino (cuantitativamente) por su pertenencia a una etnia, por su discapacidad o por su orientación sexual.</p>
<p>            Las razones de una omisión tan notoria son complejas. Por una parte, la burocracia gobernante compartía con amplios sectores de la población un antisemitismo de larga data y de tan profundo arraigo como para haber persistido en la Europa Oriental de la posguerra. Es decir, precisamente entre quienes fueron testigos directos de la ejecución brutal de esta ideología y en un momento en el que ya no quedaban judíos a quien odiar; como si en su ausencia este antisemitismo consensual tuviese que ser encauzado hacia una no-memoria de sus mártires.  A su vez, imperaba en estos países la necesidad de reconstruir una identidad nacional doblemente maltratada por la ocupación alemana; en el sentido de que no solo fueron aniquiladas sus élites,  sino también porque una buena parte de sus ciudadanos habían colaborado de una u otra forma con el ocupante. El término genérico, por lo tanto, se convertirá en una fórmula para sobreponer a tales sutilezas históricas la creencia de que la Nación entera había sido victimizada por los Nazis; recurriéndose a un expediente político, si se quiere -incluso- necesario, pero no por ello menos instrumental en perpetuar prejuicios étnicos y en exonerar a quienes colaboraron con los ocupantes por tal motivo.    <span id="more-61"></span> </p>
<p>           Un eco de este silencio me sorprendió al leer el artículo <em>Recordación del Holocausto</em>, publicado en La Nación el pasado 27 de Enero; fecha señalada por Naciones Unidas para conmemorarlo.  El texto, por lo demás meritorio y –no cabe duda &#8211; bien intencionado, adolece del único pero grave defecto de brindar una visión del Holocausto en la cual están ausentes sus víctimas judías.</p>
<p>           No niego que esta omisión me provocó sentimientos ambiguos. Puedo entender la necesidad de hablar -en un día así- de las otras víctimas, y ser congruente con la decisión de Naciones Unidas de reconocer el carácter universal de esta tragedia (en el sentido de tratarse de un suceso tan enraizado en nuestra civilización, como para reclamar una constante actitud de vigilia frente a su recurrencia en perjuicio de cualquiera). Pero a la vez, me resisto a reducir tal universalización a un desplazamiento del foco de atención hacia otras categorías de mártires en detrimento de las que han recibido hasta ahora mayor notoriedad. No porque sea posible cuantificar el sufrimiento y decidir que los judíos merecen más compasión que los demás; sino porque su genocidio ocupa un lugar muy particular dentro de la historia del Holocausto, tanto a nivel de sus perpetradores como del impacto demográfico en sus víctimas. Y por ello no es posible hablar de aquél, sin aclarar expresamente que no será mencionado, dentro de este contexto, el exterminio sistemático de los judíos.</p>
<p>           Un dato importante que pienso debería de complementar las referencias que hace el artículo al programa de Eutanasia, es el hecho de que el mismo tuvo que ser oficialmente suspendido en 1941 debido a la protesta oficial de la Iglesia Católica alemana. Se trató de la única ocasión en que la Iglesia se opuso a la política genocida del régimen. Unos meses más tarde, pudo haber protestado contra la deportación de los judíos convertidos al cristianismo. No lo hizo y éstos acabaron compartiendo el destino de sus hermanos de raza. </p>
<p>           El artículo citado tuvo el potencial de haber contextualizado el genocidio judío dentro del exterminio de otras categorías de civiles. No lo alcanza porque, al igual que los monumentos estalinistas, omite mencionar a aquéllos; dejando en el aire las sinrazones de este silencio.</p>
<p>           Corren aires adversos a la memoria de la Shoá. A la vez que se apaga la vida de sus últimos testigos, se vuelven más estridentes las voces que niegan la veracidad de sus recuerdos. No se trata ya tan solo de pseudo-intelectuales diletantes, sino de Presidentes electos y de Obispos rehabilitados. En estos tiempos, tan permeables a la falacia y a la negación, una omisión de tal calibre puede resultar peligrosa.</p>
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		<title>Memoria del Holocausto y holocausto de la memoria</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Jan 2008 20:20:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jaimdavid</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[      Se dice que los judíos somos el Pueblo del Libro, que es tanto como afirmar que somos el Pueblo de la Memoria.     En efecto, hemos hecho de la reiteración una virtud y llevamos milenios recordando todo lo que aprendimos de Moisés en el desierto. En nuestros tres rezos diarios, al bendecir cada alimento, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>      Se dice que los judíos somos el Pueblo del Libro, que es tanto como afirmar que somos el Pueblo de la Memoria.</p>
<p>    En efecto, hemos hecho de la reiteración una virtud y llevamos milenios recordando todo lo que aprendimos de Moisés en el desierto. En nuestros tres rezos diarios, al bendecir cada alimento, al  abstenemos de un comportamiento prohibido y, en general, cada vez que repetimos un minhag o cumplimos con una mitzváh, transformamos nuestro presente en el permanente recordatorio de una memoria convertida en Libro.<span id="more-67"></span></p>
<p>      ¿De dónde vendrá tanta insistencia? ¿Cómo explicar la fuerza avasalladora de éste, nuestro onceavo mandamiento? ¿Fue por inspiración divina que nos fue revelada esta Religión de la Memoria? ¿O fue una historia humana de persecuciones y de exilios, la que nos hizo comprender que no hay otra supervivencia posible más que la de nuestras propias y más arcaicas reminiscencias?   </p>
<p>      Décadas antes del Holocausto, se extendió difusamente entre nosotros la premonición de un final inexorable. Mientras que algunos de nuestros bisabuelos se aferraban a la llegada del Mesías (prometida por el Libro) y otros ponían todo su esfuerzo en mesianismos políticos de distintos nombres; otros más (no pocos) se avocaron a construir nuestro último retrato colectivo, legándonos –de tal modo- el paradigma de futuras añoranzas.  Fue así como, en la Rusia zarista, legiones de folkistas dirigidos por Ansky recorrieron el país de pueblo en pueblo, recogiendo cuentos, grabando canciones, memorizando anécdotas y leyendas. Igual angustia por preservar un mundo en Yiddish -antes de que se desvaneciera para siempre- animará las creaciones literarias de Peretz y de Sholem Aleichem; así como las inolvidables canciones del compositor Mordechai Gebirtig (asesinado por los Nazis en el Gueto de Cracovia a sus 65 años).</p>
<p>      Una vez comenzado el exterminio, la necesidad de no olvidar asumió una nueva urgencia: la terrible certeza de que, esta vez, no quedaría nadie para contar después lo sucedido; que habría que contarlo ahora y salvar esas palabras, como el mensaje en  botella escrito por un náufrago a punto de ser asesinado. A lo largo y ancho del continente –y como si hubiese mediado un acuerdo tácito entre todos &#8211; fueron incontables los judíos acechados que con extraordinario sacrificio asumieron la difícil tarea de poner en palabras y preservar (¡para nosotros!) la escalofriante memoria de lo que estaba sucediendo.</p>
<p>      No obstante sus desesperados esfuerzos, estos luchadores de la memoria estuvieron a punto de ser vencidos. A la destrucción sistemática de los rastros de sus crímenes y de los últimos sobrevivientes -que con tanto celo llevaron a cabo los Nazis durante los últimos meses de la guerra- se sumaba la incredulidad que actos tan monstruosos suscitarían, una vez que se corriese el velo que (presuntamente) los ocultaba del mundo libre.</p>
<p>       De todas las torturas sufridas en el Holocausto, Primo Levi y Simón Wiesenthal, coincidían en evocar, con particular dolor, el cínico placer que embargaba a los S.S. cada vez que les repetían a sus prisioneros el siguiente discurso:</p>
<p>      De cualquier forma que acabe esta guerra, en lo que a Uds. respecta, la hemos ganado nosotros. Ninguno de Uds. quedará con vida para rendir testimonio; pero aunque alguno sobreviviese, el mundo no será capaz de creerle. Habrá sospechas, discusiones, investigaciones históricas, pero ninguna certeza; ya que destruiremos la evidencia junto con Uds. Y aún si quedase alguna prueba y alguno de Uds. sobreviviera, la gente dirá que los eventos que describen son demasiado monstruosos para ser creídos; dirán que se trata de exageraciones propagandísticas de los Aliados y nos creerán a nosotros, que lo negaremos todo, y no a Uds. Seremos nosotros quienes dictaremos la historia de los Lager</p>
<p>       Tan profundamente caló en los prisioneros esta imagen, que muchos recuerdan haber comenzado a soñar en cautiverio el sueño recurrente que describe Primo Levi en su libro Los Sumergidos y los Salvados:</p>
<p>      Habían regresado a casa y con pasión y alivio le describían a un ser amado lo que habían sufrido; pero nadie les creía y, de hecho, ni siquiera eran escuchados. En su variante más típica (y cruel) el interlocutor les daba la espalda y se alejaba de ellos</p>
<p>     Acabada la guerra, este sentimiento tan generalizado entre los sobrevivientes -aún si lo contásemos, nadie nos creería- se unirá a la indescriptible herida de sus recuerdos, para construir un muro que protegiese de los otros (de quienes no estuvieron allí) su dolorosa memoria de la Shoá. También animaba su silencio, la necesidad de resguardar a sus hijos del horror que nos hubiese alcanzado, de haber llegado al mundo unos pocos años antes. (Aún recuerdo como mis padres, hablando de la guerra con otros sobrevivientes, cambiaban de tema o de idioma, cuando nos descubrían escuchándolos). Pero, con el tiempo, la angustia de que sus muertos fuesen olvidados para siempre, acabó por resquebrajar el muro del olvido falso y abrió hacia nosotros en borbotones (muchas veces incomprensibles) el denso caudal de sus recuerdos.<br />
 <br />
      Y aún así, nosotros -los que vinimos después, los que llevamos los nombres de nuestros abuelos asesinados- hemos tenido que abrirnos paso para reclamar la cruda herencia de una memoria que nos antecede pero nos marca con una huella indeleble. Crecimos conmemorando en mayúsculas al Holocausto, pero trágicamente ignorantes de cómo sobrevivieron nuestros padres y fueron masacrados -en lugar suyo- nuestros abuelos y tíos; y también esos niños que, a pesar de haber nacido antes que nosotros, serán para siempre nuestros hermanos pequeños.</p>
<p>      En la película Etz Adomim Tafus, uno de los personajes dice: Algunos quieren olvidar en donde han estado; otros quisieran recordar en donde nunca estuvieron. En esta imagen se resume el sino de nuestra generación; la de los escasos hijos del resto salvado; la generación de quienes juramos no olvidar ese lugar tan terrible en donde nunca estuvimos.</p>
<p>       Somos un pueblo que, desde Amalek¸ se ha hecho a si mismo este tipo de juramentos; pero nunca tanto como ahora -en relación al Holocausto- se ha tratado de un deber tan urgente y tan sagrado. Ya no solo por los mártires y por lo que sufrieron nuestros sobrevivientes. Ya no solo por nuestra memoria inconclusa, sino también para conservar la distancia que moralmente nos separa de una Humanidad que hizo posible o resultó impotente frente al más atroz de sus crímenes. Y sin embargo, al mismo tiempo, nunca ha habido una memoria más difícil de salvar. La monstruosidad inconcebible que encierra; las cicatrices abiertas de sus únicos testigos y –finalmente- la inexorable dilución de sus vidas a través del tiempo; todo ello, ha vuelto compleja, frágil y trágicamente efímera la memoria del Holocausto. Muchos sobrevivientes fallecieron sin haber podido contar nada; otros, legándonos apenas algún fragmento de sus dolorosos recuerdos. Los pocos sobrevivientes que nos quedan, se ven desgarrados entre un silencio que los protege de heridas que nunca serán cicatrizadas y la consciencia de que el tiempo se consume y de que con ellos morirá la memoria de todo aquello que no pudo ser contado.</p>
<p>        A estos últimos sobrevivientes les ha tocado la más dura de las pruebas. A ellos &#8211; que no solo sobrevivieron el infierno, sino también el escepticismo inicial del mundo y  su tardío reconocimiento de la magnitud de la tragedia- les ha tocado arribar a tiempos oscuros, en el que se vuelven cada vez más estridentes las voces que, con una mezcla de estupidez y de cinismo, niegan la existencia de la Shoá.<br />
 <br />
       Primo Levi se quitó la vida antes de que el aire se viese enturbiado por las diatribas de Irving y de sus seguidores. No llegó a leer los periódicos que hablarían de una conferencia internacional convocada por Ahmadineyad, Presidente de Irán, para demostrar que el Holocausto nunca fue más que una patraña sionista. Ni supo de la Sra. Altman, sobreviviente de Auschwitz, que tuvo que escuchar de David Irving la siguiente pregunta: ¿Cuánto dinero le ha sacado Usted Señora, desde el año 45, a ese tatuaje que lleva en el antebrazo? Quizás, si la vida de Levi se hubiese prolongado lo suficiente,  hubiera que tenido que reinterpretar, bajo una luz más sombría, el discurso de los S.S. y el sueño recurrente de los prisioneros. Quizás la premonición ya estaba allí el día en que se quitó la vida.</p>
<p>       De nuestros seis millones de mártires, Yad Vashem ha logrado salvar del olvido apenas a la mitad de sus nombres. Muchos de los que faltan, ni siquiera sobrevivieron a sus dueños en alguna otra memoria. No fueron escasos los mártires asesinados junto a toda su familia, junto a cada uno de sus conocidos, junto a su pueblo entero. Pero también quedaron otros nombres dispersos en la memoria de quienes conocieron a los mártires; y dispersos también en nuestra vaga reminiscencia de haber oído hablar de ellos, por quienes ya no están aquí para recordarlos. Nombres que no tuvieron tiempo (o a los que se les está acabando el tiempo) de encontrar su nicho en esta gran memoria que se sigue escribiendo en Yad Vashem.</p>
<p>        Para la religión judía, el cuerpo no es menos sagrado que el alma. Así como nuestros sabios prohíben incinerarlo y exigen para él sagrada sepultura, también deben de recibirla todos los miembros que (en su caso) le hayan sido amputados. Es por tal motivo que en Israel -después de cada ataque terrorista- encontramos, junto a la Policía Militar, a un contingente de hombres religiosos buscando desesperadamente entre las ruinas restos de cuerpos humanos, arrancados durante la explosión y que también deben de ser enterrados; para que algún día, con la llegada del Mesías, puedan resucitar sin mutilación alguna. Así de profundo -si se quiere atávico- es el respeto que en nuestro pueblo merece la memoria de sus muertos.</p>
<p>       La mayoría de los cuerpos a los que el Holocausto les arrebató la vida, son cenizas sepultadas sin sus nombres. Los otros apenas, con algún fragmento de su memoria. No podemos borrar el fuego, ni rescatar de la muerte lo que no pudo ser contado. Pero podemos seguir buscando estos nombres, recogiendo estos fragmentos, y quizás -con ellos- construir una memoria que sea más fuerte que el tiempo.</p>
<p>       Cierro estas palabras con las que encontré en el texto Nosotros, judíos polacos, escritas por el poeta Julián Tuwin en Abril de 1944, para conmemorar el primer aniversario del levantamiento del Gueto de Varsovia. </p>
<p>A mi madre en Polonia<br />
O a su amada Sombra<br />
(…)<br />
Nosotros,<br />
que ni siquiera hemos de hallar<br />
las tumbas de nuestras madres<br />
y de nuestros hijos;<br />
tan hondas son las capas,<br />
tan profusamente extendidas<br />
por todo el país,<br />
en un único y gigantesco cementerio.<br />
No habrá un sitio consagrado<br />
en donde dejar nuestras flores;<br />
pero así como hace<br />
el sembrador al sembrar granos,<br />
las lanzaremos con un gesto amplio.<br />
Y quizás alguna<br />
encuentre el lugar…  </p>
<p> Jaime-David Tishler<br />
Enero-Abril, 2008</p>
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