February 23, 2006
Di Grinner
Más de un centenar de sobrevivientes del Holocausto –mis padres entre ellos- encontraron refugio en Costa Rica después de la guerra. Quienes habían llegado antes, los llamaron Di Grinner; refiriéndose de tal forma al candor o a la inexperiencia de los recién llegados. Al pensar en ellos ahora, desde la distancia de mi nostalgia, siento que el color verde los representó de otra forma: su supervivencia significó un triunfo de la esperanza y de la persistente renovación de la vida.
Pero en aquellos primeros momentos, su función histórica era bastante más grave. El mundo se enteró del Holocausto gracias al testimonio de quienes sobrevivieron para contarlo. Su rescate confirmaba la terrible noticia del exterminio; pero, a pesar o en virtud de ello, durante años nadaron solos y a contra-corriente en un mar de incredulidad y (en mayor o menor grado) indiferencia. La vigencia del tema (a dos generaciones de distancia) y la forma en que ha llegado a definir nuestra identidad y consciencia histórica, nos permite creer que su lucha no fue en vano. Los sobrevivientes nos enseñaron a nosotros -las futuras generaciones- a recordar mártires que no conocimos. Pero permanecieron (modestamente y por razones más complejas) en la sombra; como si tan solo desde allí pudiesen servir de puente a ambos. Ni víctimas del Holocausto, ni tampoco las semillas que nacieron de sus cenizas. Apenas heraldos de la memoria, mensajeros de un pasado destruido hacia un futuro que apenas comenzaba a existir. Nos enseñaron a no olvidar los muertos pero también, sin querer, a no pensar en el dolor y en la impotencia de quienes quedaron con vida. Quizás por ello, sepamos tan poco: apenas un fragmento del horror y trazos vagos de un mundo perdido. Quizás por tal razón, nos cueste reconocer que su presencia se ha vuelto invisible en nuestras conmemoraciones del Holocausto.
Ahora que sus vidas se van poco a poco apagando, surge la consciencia -urgente y dolorosa- de que con ellas parten los únicos monumentos vivos de esa memoria, las últimas voces que estuvieron allí, su terrible, irreductible, verdad… La gran mayoría de los Grinner ya no están con nosotros. Y se marcharon sin habernos dado tiempo de agradecerles un legado doble e inmenso: su vitalidad, por una parte, sus ganas inmensas de vivir y de celebrar la vida, su singular heroísmo; y, por otra, su compromiso irrebatible con la memoria: el nombre de los mártires sobre el nuestro, el dolor trastocado en esperanza…
En la novela Shadows on the Hudson uno de los personajes de Bashevis Singer dice que, después del Holocausto, el pueblo judío entero debería de permanecer para siempre en shiveh. Nuestros padres no permanecieron en shiveh, pero -no bien salidos del infierno- dedicaron todos sus esfuerzos a honrar la memoria de su pueblo asesinado. Y no solamente lo hicieron a través de actos públicos y de monumentos; no solamente a través de la publicación de cada Izkor Biech, en el que se reunían los escasos restos de cada shteltl desparecido: trajeron hijos al mundo, redimiendo en ellos el nombre de los muertos; pero, a la vez, supieron sobreponerse a su dolor para enseñarnos a amar la vida, a vivir Lebedik Freilach: con ganas y con alegría.
El corto, que he titulado así, intenta transmitir estas sensaciones, pero lo hace –inevitablemente- desde la inmediatez de mi primera memoria. No se trata de un documental sobre todos los Grinner, ni tampoco sobre todas las dimensiones de su existencia. Tan solo hablo del aspecto que con más fuerza marcó mi infancia -su solidaridad de grupo y su vitalidad-. Quizás por ello recurra, insistentemente, a fotografías del grupo de amigos de mis padres; buscando en sus imágenes algo en lo que apoyar la inexactitud histórica de mi añoranza, el sabor de mis recuerdos más profundos, la melodía de una canción en Yiddish ya casi olvidada…
Contaba mi padre que, al poco tiempo de haber llegado, unas diez parejas de sobrevivientes formaron un círculo a lo interno de nuestra comunidad. Se llamaban a si mismos Di Yatn (la muchachada) y también Di Zexte Flote (en alusión a la invencible flota norteamericana). La elección misma de estos nombres evoca una celebración en casa de amigos: un comer juntos y un beber l’chaim. Un juego de clafim, un cumpleaños, una festividad: una razón para reunirse y para brindar por la vida. Pero también evidenciaban una necesidad de camaradería marcada por una vivencia reciente y dolorosa: la solidaridad de quienes se habían ayudado, unos a otros, a sobrevivir. La mayoría de los Yatn no habían sobrevivido juntos. Pero llegaron en la misma época (casi todos ellos recién casados) y, sin proponérselo, fueron formando una familia extensa. Como si a través de sus fragmentos reinventasen para nosotros aquellos tíos, abuelos y primos, asesinados antes de que existiésemos. Aunque en esos tiempos, apenas se hablaba de ellos: llevábamos sus nombres y también –difusamente- la consciencia de que, tras esta celebración a la vida, yacía el instinto de protegernos de una muerte, que nos pudo haber alcanzado si tan solo hubiésemos nacido algunos años antes.
Lebedik Freilach no habla de sus temores o heridas, sino de su vitalidad arrolladora; pero lo hace partiendo de la añoranza que, como telón de fondo, marcó la relación de los sobrevivientes con su mundo perdido. Al igual que, antiguamente en las bodas, el badkham improvisaba versos tristes, cantados para conmover a la audiencia y llevarla a entrar después (a través del humor y la ironía) en el espíritu de la celebración, la introducción musical de Lebedik nos invita a penetrar ese clima primigenio en el que la nostalgia, por lo que les fue arrebatado, se confundía con la incertidumbre de partir hacia un lugar desconocido. El siguiente cambio musical conduce a lo primero que tuvieron que hacer los Grinner al día siguiente de su llegada: buscar trabajo, al principio como klaper, para abrir más adelante su propia tienda. Pero luego, la misma melodía nos va conduciendo a las otras manifestaciones de su fuerza vital: los primeros hijos, el primer automóvil, paseos a Puntarenas y al Volcán Irazú, despedidas y bienvenidas en el Aeropuerto; y, sobre todo, reuniones y fiestas en el Centro o en casa de amigos. En el plano público, el punto álgido de su existencia queda plasmado en los retratos que gustaban hacerse junto a algún representante del nuevo Estado de Israel; en una dimensión más personal, haber llegado a viejos y verse rodeado de hijos y de nietos. A ello corresponden las últimas imágenes del corto. En su epílogo los vemos brindando l’chaim. Como si a través de todos estos fotogramas quisiésemos encontrarle un nuevo sentido al versículo “Os exhorto a que escojáis la vida...” (Deuteronomio 30, 19).
Pero los Grinner también sintieron el llamado de otro precepto de Devarim (25,17): “Recuerda lo que Amalek hizo contigo en el camino…”. Esta compleja dualidad, entre la necesidad de recordar a los muertos y la de seguir adelante con la vida (que no fue exclusiva de los sobrevivientes, sino que nos ha marcado a todos, como pueblo perseguido y sobreviviente), se vio afectada, a su vez, por la señal de los tiempos. Durante los primeros años, cuando el dolor era muy reciente y el mundo (cegado por el optimismo eufórico de la post-guerra) no quería escuchar o creer, prevaleció la segunda de estas energías: había que sobrevivir en un nuevo medio, sacar adelante a la familia, mantenerse a salvo y unidos. Con el Juicio de Eichmann (1961) aparecen las primeras manifestaciones del cambio: se acuña el término Holocausto y con ello la consciencia de su trascendencia como objeto de estudio; algunos sobrevivientes comienzan a hablar, otros por primera vez son escuchados; y por último, en 1978, se levanta en nuestro Cementerio el primer monumento a su memoria construido en suelo americano.
Las presentaciones con las que participé en el acto de homenaje a los sobrevivientes, dentro del marco del Día Internacional del Holocausto, se concentraron –alternativamente- en cada una de estas dimensiones. Así como Lebedik Freilach evoca esa primacía de lo vital, la muestra fotográfica Contarás a tus hijos nos habla de la persistencia de la memoria. Mi padre se enorgulleció siempre de haber pertenecido, al primer Comité de Yad Vashem de nuestra comunidad, como también de resaltar el hecho de que la mayor parte de sus miembros también fuesen sobrevivientes. Por ello, cuando su antiguo presidente, Don Bernardo Baruch, me pidió fotografiar el monumento (erigido por el Comité), sentí que era un honor y un modesto homenaje a mi padre y a la tenacidad y precoz visión de sus compañeros sobrevivientes. Un año después se me pidió retratar el antebrazo de Doña Perla de Waimberg, tatuado en Auschwitz y acariciado, más de 60 años después, por la mano de un niño. Me conmovió profundamente la disponibilidad y la colaboración de Doña Perla porque expresaban -al igual que la insistencia de Don Bernardo- una lucha urgente contra el olvido, un no permitir que la memoria se diluyese como el agua a través de las generaciones. Su brazo herido por la infamia, envejecido por el tiempo, es también un monumento al Holocausto. Por tal razón es que se encuentran unidas ambas series fotográficas.
Don Bernardo y Doña Perla son de los pocos sobrevivientes que aún nos quedan con vida. Han tenido una existencia fructífera: nietos, bisnietos y, en el caso de Don Bernardo, un profuso reconocimiento público. Aún así, dedican sus últimos esfuerzos a preservar la memoria y a apostar por nuestra vida, por la vida misma. Como lo hicieron también otros sobrevivientes. Di Grinner. A todos ellos, este homenaje.
January 19, 2006
Revelado de hoy
Pre-Revelado a 42 C, por tres minutos, destapando dos veces cada 1´15.
Revelado a 39 C por 21 minutos, destapando c/ minuto.
Temperaturas
3' 38C
8' 36C
15' 49 golpes
19' primeros grises de destruccion
21' 35C (final)
Enjuague continuo 1' Paro
Fijador 5' con agitaciones c/15"
5' adicionales de remojo
25' Lavado Final
El rollo de abjao corresponde al segundo (y ultimo) de Meah Shearim. Poca destruccion (apreciable); mas que todo sobre-revelado, porque (probablemente) para el veranazo y la hora, f8 era demasiado abierto. Las figuras estan vaciadas por dentro, como si la destruccion se hubiese ensañado mas con ellos que con las paredes de piedra (densas, densas). Me parece que la mejor sera la ultima, muy sub, pero con personajes muy fuertes y, sobre todo, llena de misterio. Fecha: Junio 2005.
El rollo de arriba fue el mas destruido. Corresponde al ultimo carrete de Eran en Tabacon (entre marzo y mayo del 2004). Me gustan las explosiones y las siento adecuadas al tema. Pero, de momento, mas no puedo decir.
Solamente que cuando vacie el revelador a los 21', no lo bote sino que lo guarde, para contemplarlo mientras acababa el proceso. Era como estar mirando el olvido. Es decir, toda aquella parte de la memoria que hubiese sobrevivido, si hubiese detenido el revelado a los 15' o en cualquier instante anterior a los primeros grises; es decir, a las primeras huellas de la emulsión destruída...
Siempre es un demasiado tarde, "tzi shpait" o algo asi.
January 18, 2006
La Vida Sin Gafas
La semana pasada me quede sin anteojos. Mis unicas gafas bifocales quedaron en la optica, para un cambio en su graduacion, y ninguno de los mil anteojos que me quedaron en casa se ajustaban al deterioro actual de mi vision. Me he pasado todos estos dias quitandome los anteojos para ver de cerca y entrecerrando los ojos para intentar ver de lejos. Lo peor fue salir con las pupilas dilatadas del oculista y tener que conducir hasta el otro lado de la ciudad. Por primera vez tuve que renunciar a mi entretenimiento favorito, consistente en apropiarme con los ojos de todo lo guapo que diviso desde el carro, mientras atravieso el trafico estupidamente lento de San Jose.
No se si atribuiselo todo al masoquismo, pero no pude dejar de sentir cierta sensacion de agrado con todo esto. Como si no ver bien fuese una especie de herida de guerra, una suerte de medalla en mi lucha desigual contra el Tiempo. Como si al usar gafas me igualase al resto de la gente y tan solo en mi vison imperfecta pudiese recuperar algo de lo que me vuelve unico y excepcional. Quiero decir, con gafas todos vemos igual de bien, pero sin ellas cada uno conserva su forma irrepetible de no mirar las cosas claras.
Siendo fotografo, es natural que este tipo de vulnerabilidad me afecte mas que ninguna otra. Pero tambien podria ser al reves; es decir, que sea fotografo precisamente porque tengo que lidiar con dicha vulnerabilidad.
Estando sin gafas, he tomado consciencia de esa forma bouyerista de apropiamos del mundo (en particular de aquello que, por una razon u otra, nos atrae) a traves de la visión. Mirar es poseer y quizas alli radique el alivio de no ver bien. Como si las leyes fisicas me obligaran, por una vez, a abrir los puños y soltar lo que no toco, mas que con la mirada. En ello, consiste la liberacion.
Ahora llevo puestas mis nuevas gafas bifocales: escribo sin quitarme los anteojos y las calles estan llenas de amores imposibles. El mundo vuelve a ser una mentira...
January 10, 2006
The House That Jack Built
Maje, Ian:
Se supone que este es el ultra-blog que me construiste pero no tengo la mas puta idea de como funciona. Supongo que abajo habra un boton que diga publicar, o algo asi.
En todo caso, si ya me estan leyendo es porque aprete el boton correcto. Vamos a ver...
