Dos Cuentos Jasídicos y una Página del Talmud

Las fotografías que conforman el tríptico Amidáh fueron tomadas en Jerusalén en el 2009, durante Birkat A´Hamá; la ceremonia a través de la cual se bendice el sol cada 28 años cuando -según la tradición- éste se vuelve a colocar en el punto que ocupaba cuando fueron creadas las luminarias.

Había acabado la ceremonia, cuando vi a este tipo descalzo y rezando, ajeno a todo lo que ocurría o había dejado de ocurrir a su lado. Ajeno también al dictamen ortodoxo que considera indecoroso rezar con los pies descubiertos. Antes de poder verbalizar lo que estaba haciendo, me asaltó el impulso de insertar (dentro de mis discursos fotográficos inacabados sobre el deseo y la memoria) el registro de un modelo ideal de masculinidad, en el que la fuerza física se veía subordinada al quehacer espiritual.

Hace algunos meses encontré esta página del Talmud que parecía haberse desprendido de mis imágenes. Como si -en un tiempo invertido- éstas se convirtiesen ahora en el comentario visual de las siguientes palabras :

Rabi Yohanán dijo en nombre de R ´Eleazar el hijo de R´ Shimón: “Cada vez que encuentres las palabras de R ´Eliecer el hijo de R Yosé el galileo, haz de tus oídos un embudo. (Puesto que él dijo:) No vayáis a pensar que fue por vuestra grandeza que el Eterno escogió amaros. D-os, bendito sea Su nombre, le dijo a Israel: ‘Os amo porque en el momento mismo en que os concedía grandeza os humillabais frente a mí. Concedí grandeza a Abraham y aún así me dijo Soy polvo y cenizas ; a Moisés y a Aharón y protestaron diciéndome No somos nada ; a David y a pesar de ello exclamó Soy un gusano, ni siquiera un hombre . No sucedió lo mismo con los paganos. Otorgué grandeza a Nimrod y dijo Construyámonos una ciudad ; al Faraón y exclamó Quién es el Señor? (…)´”. Raba, según otros R’ Yohanan, dijo “Fueron mas significativas las palabras de Moisés y de Aharón que las de Abraham; puesto que este último dijo Soy polvo y cenizas, mientras que aquellos dijeron No somos nada”. Raba, según otros R´ Yohanán, dijo: “El mundo existe en virtud de Moisés y de Aharón, puesto que esta escrito aquí (que dijeron) No somos nada y esta escrito allí (El) colgó la tierra sobre la nada ”.

Tres Rabinos recuerdan. R’ Yohanán, lo que le escuchó a R’ Elazar haber escuchado de R’ Eliecer; quien a su vez reconstruye lo dicho (o lo que pudo haber sido dicho) por tres héroes bíblicos: el Patriarca Abraham, Moisés y Aharón (considerados uno solo) y el Rey David. La Guemará concluye evocando la comparación que otro Rabino (Raba) hace de las dos primeras figuras, guardando un silencio elocuente sobre la tercera de ellas.

Tres es la figura numérica de las paradojas, la clave oculta de su acertijo. El poder verdadero yace dialécticamente en su opuesto: la humildad. La grandeza que, en un acto de amor divino, nos es concedida deviene efímera si no se conjuga con el recordatorio permanente de nuestra insignificancia y profunda vulnerabilidad. Como si a través del cultivo de esta memoria y del diario aprendizaje de la humildad sincera, D-os confirmara retroactivamente la justicia de Su amor; abriéndonos Su corazón; amándonos hasta el punto de escuchar nuestras plegarias.

Dentro de la liturgia judía la plegaria, propiamente dicha, recibe el nombre de Amidáh; que literalmente significa postura erguida, por ser ésta la exigida por el ritual. Los pies juntos, imitando a los ángeles y no sin antes haber dado tres pequeños pasos hacia atrás y otros tres hacia delante, como corresponde a quien se dirige a un Rey. La Amidáh se envuelve en un silencio apenas rasgado por el murmullo de los labios, en cumplimiento de la frase del Salmo que pronunciamos al dar el tercer paso: “Abre D-os mis labios y que pronuncie mi boca Tus alabanzas” . La misma ceremonia se repite tres veces cada día. No se sabe desde cuándo; según la tradición desde siempre o desde que nos fueron reveladas las alabanzas de los ángeles.

Nuestra página del Talmud no menciona la Amidáh, pero ayuda a entender porqué, para rezar, adoptamos una postura que pareciera contradecir la humildad que el mismo texto valora. Como si, justo en el momento en el que más necesitáramos de ella, nos embargara– a modo de corolario invertido del Midrash de Rabi Elazar- un paradójico orgullo. Pero lo que nos mantiene en postura erguida no es el orgullo, sino la expectativa o certeza (según el grado de la fe) de que D-os responderá amorosamente a nuestra anulación, elevándola al tiempo que nos yergue. Es a través del reconocimiento de nuestra impotencia que obtenemos acceso al más grande de los poderes: el de conmover a D-os. Como si fuese necesario convertirse en nada para llegar a ser algo y, al mismo tiempo, no fuese posible convertirse en nada sin haber sido algo.

Hay dos cuentos jasídicos, que aclaran (aunque no en ese orden) los dos extremos de esta última frase.

Un Rey, de cacería en el bosque y atrapado por una tormenta, se ve obligado a buscar refugio en la humilde choza de un campesino. En recompensa a su hospitalidad, el Rey le regala una cubertería de oro. El campesino piensa para sus adentros que de nada le servirán estos cubiertos de oro, cuando apenas tiene qué comer con sus cubiertos de madera; pero acepta de buen grado el presente, pues se trata de un regalo del Rey. Cuando éste se marcha, guarda los cubiertos en un lugar seguro y continúa con su vida de siempre. Unos meses después, el Rey le manda a decir que, próximamente, visitará de nuevo el bosque y que le gustaría honrarlo con su presencia. Este responde: Soy un campesino humilde y no tengo derecho a ser honrado de esta forma; pero, gracias a los cubiertos de oro que me regaló el Rey, si que cuento con el poder de recibirlo y de agasajarlo como se merece.

Escuché este relato de mi Rabino ayer por la tarde. Al acabar, agregó: Los cubiertos de oro son las palabras del rezo que nos regaló D-os.

La segunda historia ocurre justo antes del atardecer de Yom Kipur, durante el servicio de Nehilá, cuando las Puertas del Cielo están a punto de cerrarse para juzgar a las almas en el año venidero y la congregación –consciente de la gravedad de la hora- se halla inmersa en plegarias y en penitencia. En un momento dado el Rabino, visiblemente conmovido por esta atmósfera, se lanza al suelo llorando Señor, no soy nada. El Jazán, al mirarlo, se lanza él también al suelo y exclama Señor, no soy nada. El Gabay, al ver lo que sus superiores hacen, se arroja él también al suelo y grita Señor, no soy nada. El Rabino y el Jazán se vuelven a ver y dicen Mira quien habla .

Este último relato –que puede o no haberse inspirado en nuestra Guemará- evoca el silencio que su última parte guarda sobre el Rey David. Al igual que en aquélla, un tercer personaje es incorporado con el objeto de ser excluido: su humildad ni siquiera merece ser comparada con la de los otros dos. Como si, por las coyunturas históricas de su redacción (destrucción de la soberanía política y, por ende, la necesidad de reinventar un modelo de masculinidad que, en oposición al romano, asegurase una táctica de supervivencia) el Talmud tuviese la necesidad de dejar claro que la verdadera grandeza de Israel nunca residirá en su dominio mundano, sino en su poder espiritual. No en el imperio político, sino en la persuasión de la Amidáh.

Los último años de Federico II, presenciaron un resurgimiento de la intolerancia que en vano intentó erradicar. En 1242 son quemadas en París todas las copias existentes del Talmud. Durante los tres siglos siguientes, una serie de bulas papales lo someten a censura, prohíben su estudio y finalmente ordenan su destrucción.

Un pergamino del Siglo VIII, en el que había sido transcrito el Tratado de lo Mundano (al cual pertenece nuestra Guemará) sobrevivió al fuego. Comparando su texto con el que conocemos actualmente, descubrimos que sobrevivió también a las sucesivas censuras de la Iglesia. No es imposible que estas mismas palabras -escritas en un idioma que éste conocía y que consideraba ser la lengua original de la humanidad- hayan sido leídas por el Emperador; ni que alguno de sus consejeros judíos haya comparado íntimamente su destino con el del Rey David.

San José, Costa Rica; 27 de Marzo del 2011

One Response to “Dos Cuentos Jasídicos y una Página del Talmud”

  1. Christina says:

    I read your post and wished I’d wrttien it

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