El Tercer Trono

 

Estaba resultando ser un Shabat difícil. Me sentía triste y la consciencia de estarlo profanando con mi melancolía, lejos de curarme me entristecía aún más. En vano intentaba reencontrar el místico gozo con el que solía vivirlo antes de hacer este último viaje a Israel; menos aún la alegría cristalina a través de la cual habían sido elevados los cinco Shabatot que acababa de pasar en Jerusalén. Era más fuerte la auto-compasión de su nostalgia. En un abrir y cerrar de ojos (o mas bien, de las compuertas de un avión) había regresado a mi exilio natal, desde el cual –impotente- descubría que la añoranza de lo no vivido (pero de alguna forma recordado) resultaba ser menos dura que la memoria de lo recién experimentado y perdido irrevocablemente.  Me aferraba a creer que en algún sitio conservaba la llave; que cerrando los ojos, sería capaz de rezar con kavaná, de cantar estas Zmirot con la fuerza que me acompañaba cuando mi voz se sumaba a la de los bachurim de Mayanot. Pero Mayanot había quedado lejos y yo me sentía más solo que nunca. 

Estando allá, había logrado apaciguar la angustia de mi nostalgia anticipada, cultivado la esperanza de que, a mi regreso, volvería a encontrar aquella llave en la fuerza exuberante de la naturaleza que envuelve mi casa de campo. Por tal motivo, me había venido aquí, sacrificando el rezar con minyam para no entristecerme comparándolo con la energía que había encontrado en las sinagogas de Breslav y de Chabad en Jerusalén. Pero la llave no estaba en su sitio y ahora era demasiado tarde para volver a San José.

En lugar de elevar mi voz, me sorprendían las lágrimas, ensordecidas a la santidad del día y a la bendición de poder celebrarlo envuelto en los sonidos del bosque y en el murmullo del río que con tanta fuerza rendían testimonio a la magnificencia absoluta de la Creación. 

Era tal mi desolación que, a la mañana siguiente -después de haber rezado Shajarit y de haber leído la Parshá de la semana- no busqué mi bicicleta (como suelo hacerlo) sino que tomé un libro, lo abrí en una página cualquiera y allí estaba, esperándome, una historia sobre el Baal Shem Tov que comenzaba así:

“Cuando el Besht era un hombre joven, lo atormentaba la ansiedad de no estar cumpliendo con las mitzvot de forma debida. En especial le preocupaba la observancia del Shabat, ya que -siendo tantas y tan complejas sus normas-  resultaba casi imposible cumplir a cabalidad con todas y cada una de ellas”.

Volví a mirar el título de la leyenda –”Los Dos Tronos”- y de inmediato supe que había sido descubierto por ella; que, durante todo el tiempo en el tuve este libro, me había estado esperando con la paciencia de quien esconde la respuesta a un acertijo que aún no sabía haberme planteado.  Seguí leyendo:

 

“Ese Shabat el Baal Shem Tov le pidió al profeta Ahía Hashiloní (quien en vida había sido el maestro de Elyahu Hanaví) que lo condujese al  sitio reservado en el Paraíso para quienes cumplen, de manera más perfecta, con la mitzvá de observar el Shabat.  Accediendo a su ruego, el profeta hará ascender su alma a través de las diversas estancias del Palacio Celestial hasta llegar a un lugar al que ni siquiera los ángeles y los Serafim pueden acceder. En esta recámara encuentran una mesa preparada para un banquete y, a su cabecera, radiantes, dos tronos dorados cubiertos de piedras preciosas”.

Cuando el Baal Shem Tov le pregunta al Profeta Ahía para quien han sido preparados estos tronos,  éste le contesta: “El segundo trono será para ti, si tienes la sabiduría de aprender –de quien ocupará el primer trono y será tu acompañante en el Paraíso- la forma perfecta de observar el Shabat”.

Esa misma noche, apenas concluida la Havdalá, el Baal Shem Tov le pide a su sirviente Alexei que prepare los caballos y sale en búsqueda de este sujeto, que por la meritosa forma con que observa el Shabat será su compañero en el Paraíso. Siendo el Besht un cabalista, recurre a la combinación de Nombres Divinos para alcanzar este propósito: Alexei suelta las riendas y le da la espalda a los caballos, mientras éstos -místicamente guiados- corren a encontrarle, contrayéndose la tierra bajo su galope hasta cubrir en pocos días una distancia inimaginable. (Para brindar una idea de lo lejos que han viajado, el texto indica que arriban “a una ciudad extranjera en la cual no vive ni un solo judío”).

Finalmente los caballos se detienen frente a una casa y el Besht entiende con ello que es aquí donde vive quien estaba buscando. Toca la puerta y un hombre sale a recibirlo. El Baal Shem Tov reconoce de inmediato que este hombre es judío, aunque no lleve ni kipá ni barba, ni se vista como judío. Cuando le pide, en lengua extranjera, hospitalidad por unos días, el hombre acepta efusivamente y le brinda una cálida bienvenida a su hogar. Al poco tiempo, sin embargo, el Besht descubre (no sin estupor) que este sujeto no sigue una vida judía ni practica ninguna de sus costumbres: come sin lavarse antes y sin haber bendecido los alimentos, consume comida no kasher y ni siquiera reza. ¿Será posible que este mismo sujeto observe el Shabat meticulosamente y esté destinado, por tal mérito, a ser su compañero en el Gan Eden?

Aun así, razonó el Besht, si sus caballos habían parado aquí, no podía tratarse de ningún otro. Sin duda su extraño anfitrión debía de ser una persona especial, quizás un Lamed Vavnik que por humildad, no revela su kedusha. Por lo tanto, decide esperar a la llegada del Shabat y a ser testigo de la forma perfecta en que éste será honrado por aquél.

Pero este Shabat habría de ser el más triste de los que hasta entonces hubiese vivido el Besht. No había comida kasher en la casa y por supuesto que ninguno de los platos tradicionales judíos, como gefilte fish o chulent. Todo lo que pudo comer fueron unos trozos de pan seco que había traído consigo para el camino. A la mañana siguiente, tuvo que rezar Shajarit sin leer la Parshà de la semana, ya que no había disponible ningún Chumash.

Por más que se esforzara el Besht en descubrir en el comportamiento de este judío oculto el más remoto rastro de observancia del Shabat, no encontraba sino todo lo contrario. Ese Sábado por la tarde –como para coronar el Jilul Shabat- su anfitrión organizará una gran fiesta, a la que invita a todos sus amigos gentiles y en la que hombres y mujeres se mezclan libremente: comiendo, bebiendo y bailando juntos y, como si fuera poco, fumando cigarrillos. El anfitrión, sumamente animado, no para de correr de un lado a otro, haciendo todo lo posible para que sus amigos estén contentos; mientras que el Besht, incapaz de sumarse a esta celebración, se pregunta desilusionado: “¿Será este hombre basto y tan absolutamente no espiritual –este sujeto que comete todos estos pecados contra la santidad del Shabat- quien está destinado a ser mi compañero en el Paraíso?”.

Esa noche después de la Havdalá, el Besht, aún confundido y dolido, recoge sus cosas para marcharse de inmediato. Antes de partir, sin embargo, lo asalta la curiosidad de preguntarle a su anfitrión: “¿Qué era lo que celebrabas esta tarde?”.  El hombre le contesta: “Te confesaré la verdad: soy judío pero no se nada del Judaísmo. Quedé huérfano siendo muy niño y los gentiles que me adoptaron me llevaron lejos de donde había nacido. Pero hay una sola cosa que recuerdo de mis padres: los Sábados por la tarde preparaban un gran festín para todos sus vecinos y hacían todo lo posible para que éstos estuvieran contentos. De modo que trato de ser un buen judío de la única manera que conozco: celebrando con alegría el Shabat a través de esta gran fiesta que le ofrezco a todos mis vecinos. Este es mi Judaísmo y lo cumplo con toda mi alma y corazón”.

El Besht comprendió de inmediato que este hombre era devoto y santo y de que, en el interior de su alma exaltada, llevaba un verdadero corazón judío. ¿Cuántos otros, criados en circunstancias similares, actuarían como él, cumpliendo la única cosa que sabe del Judaísmo con tanta fe y devoción?            Su primer impulso fue retornar esta gran alma a su raíz judía, explicándole en detalle todas las reglas del Shabat y como los judíos realmente cuidan de tal día. Pero cuando intentó abrir su boca, sintió que algo le presionaba la garganta. Los grandes Tzadikim tienen entrenado su cuerpo para que cada uno de sus músculos no se muevan sino es para cumplir con la voluntad de HaShem. Por ello, el Besht se despide de su anfitrión con un abrazo silencioso y de camino comprende la razón por la cual el Cielo le quitó en esos momentos su poder de habla. De haberle explicado a aquél las muchas y complejas normas relativas a la observancia del Shabat, éste se hubiese dado cuenta de que, por su formación y sus circunstancias, no le será posible cumplir con todas ellas. El sitio tan elevado que había alcanzado su alma -a través de esta forma de celebrar el Shabat con todo su corazón, con alegría y con devota simplicidad- se perdería si descubriera la distancia que lo separa de la forma en que tradicionalmente ha de hacerlo. Su observancia, como mucho, alcanzaría el promedio y la felicidad que sentía durante el Shabat –que con tanta fidelidad guardaba de acuerdo a sus habilidades y capacidad de entendimiento- desaparecería inevitablemente.

Esta experiencia le enseñó al Besht una lección muy importante, no sólo con respecto al Shabat sino en relación a todas las mitzvot. Lo importante no es cuanto se hace sino el hecho de que todo lo que se haga se realice con gozo y con alegría.

Una vez de regreso en casa, el Baal Shem Tov le pedirá a su maestro, el profeta Ahía, que lo conduzca al lugar reservado en el Mundo Venidero para quienes peor cumplen con la mitzvá de observar el Shabat. Es así como será conducido, a través de desiertos sórdidos, a una cueva por la que descienden hasta alcanzar el Infierno y, por debajo de éste, a un agujero aún más profundo. Allí el Besht encuentra dos tronos humeantes, hechos de negro carbón y de los que se desprende un olor fétido.

Consternado, le pregunta al profeta para quienes han sido reservados estos tronos tan terribles. Ahía le contesta: “El segundo será para ti, al menos que cuentes con la sabiduría de no emular, de quien ocupara el primer trono, su modo descarriado de observar el Shabat “.

Ese Viernes el Baal Shem Tov le pedirá a sus caballos que lo lleven a la casa de este judío que tan falsamente cuida el Shabat. Esta vez el viaje será corto. Pronto llegan a un pueblo cercano, atravesando calles repletas de judíos que corrían de un lado a otro haciendo sus últimas compras antes del Shabat. Finalmente los caballos se detienen frente una casa, desde la que se escuchaba el cántico de alguien estudiando Torá. Tal sonido hace que el Besht comprenda que se encuentra frente a la casa del Rabino del pueblo, conocido por su forma estricta de adherirse a los detalles más minuciosos de la observancia religiosa.

Habiendo tocado la puerta, es recibido por un sirviente, quien le indica que el Rabino está ocupado y que tendrá que esperarlo. Tan absorto estaba éste en su estudio que ni siquiera alza la mirada para saludar a su huésped. El Besht lo espera pacientemente, sin poder evitar pensar que, si bien el estudio de la Torá es algo sagrado, los Sabios enseñan que el mismo Abraham interrumpió su conversación con D-os, para salir a recibir a sus tres visitantes. Finalmente, el Rabino alza la vista, lo saluda débilmente y accede sin efusión alguna a su petitoria de hospitalidad para este Shabat, pidiéndole a su sirviente que se haga cargo de todo. Acto seguido, retorna a sus estudios.

Este Shabat fue un día terriblemente lúgubre para el Besht. La tristeza y la oscuridad impregnaban la casa del Rabino. Este tenía tanto miedo de violar la prohibición de tocar cualquier objeto que sirviese para realizar un acto prohibido en Shabat que, aterrorizado de extenderlos, se mantenía con los brazos pegados al cuerpo. Era tanto su miedo a aplastar por error una hormiga –y violar con ella la prohibición de matar criatura alguna en Shabat- que se mantenía sentado sin atreverse a estirar los pies. De modo que, durante toda la duración del Shabat, el Rabino permaneció estático, con sus manos y sus pies recogidos como un prisionero.

El Besht comprendió de inmediato que esta forma de cuidar el Shabat genera desagrado en el Cielo e intentó explicarle al Rabino como observar el Shabat con gozo y con alegría. Pero al abrir sus labios, no salieron palabras y su lengua quedó paralizada. Fue así como recordó que, si bien los Sabios explican que es una mitzvá instruir a quien está dispuesto a escuchar, también es una mitzvá no hacerlo cuando de antemano se sabe que esta persona no se encuentra en la disponibilidad de escuchar, generando con ello argumentos y una controversia innecesaria. Tan seguro se sentía este Rabino de su erudición en la Torá y de su forma estricta de cumplir con sus mandamientos, que jamás habría sido capaz de aceptar enseñanza alguna del Besht.

La historia termina con las siguientes palabras: “De estas dos experiencias el Baal Shem Tov aprendió la importancia de cumplir con alegría, tanto con el Shabat y como con todas las mitzvot  de la Torá. Anteriormente, al Besht lo dominaba la ansiedad de no estar sirviendo a HaShem adecuadamente, pero ahora comprendió que un miedo excesivo al pecado, con sus concomitantes culpa, ansiedad y tristeza, es incapaz de brindarle placer a D-os. Desde entonces, entendió que el Judío debe de deleitarse en el Shabat y en cumplir con la voluntad divina y, al hacerlo, debe de impedir que el miedo a la transgresión ahogue el gozo que extrae de su Judaísmo”.

Cuando cerré el libro, me quedé pensando en lo que hubiese sucedido si los labios del Besht no hubiesen sido sellados y hubiese podido instruir a su primer anfitrión en la forma correcta de cuidar del Shabat. O más bien (para acercar aún más mi vida a esta leyenda) ¿qué hubiese sucedido si este último, conmovido por el abrazo silencioso de su misterioso huésped, hubiese emprendido por si solo la búsqueda que lo llevase a descubrir lo que el Besht no pudo explicarle? ¿No era esto, acaso, lo que yo mismo había venido haciendo, desde que comencé a sentir que había algo indescriptible que añoraba mi alma y que ésta no encontraba sosiego sino emulando las costumbres de mis abuelos jasídicos asesinados en la Shoá? La doble orfandad de haberlos perdido sin conocerlos y de haber sufrido la muerte prematura de mis padres, me hicieron crecer ignorante de este legado. (Nunca supe, por ejemplo que el padre de mi madre había sido un devoto jasid de Guer y también Gabay y Dayán en la sagrada kehilá de Modjitz). El paso que con naturalidad debió de haber seguido hubiese sido el de convertirme en un Jozer Le Tshuvá; pero, en lugar de ello, perpetué la crisis emprendiendo el imposible camino de unir mi presente a mi pasado y viceversa. Este primer Shabat fuera de Israel abrió dolorosamente mis ojos al abismo insalvable de su distancia.

¿Existirá un Tercer Trono para quienes permanecemos en el limbo, creyendo que es posible cumplir las mitzvot con alegría jasídica sin volvernos jasidim? ¿Habré sido condenado a éste por no haber permitido que el Baal Shem Tov partiese en silencio?

El Bosque de La Fortuna, 24 de Elul 5769  (Sept. 2009)

2 Responses to “El Tercer Trono”

  1. Jaya says:

    Jaime: Este texto hizo que mis ojos se llenaran de lagrimas. Maravilloso, sabio, conmovedor.
    Mil gracias por haber hecho posible que yo lo leyera. Me doy cuenta de que celebro el Shabbat con todo el corazon. A veces nos ponemos muy literales, pero toda La’el alguien nos anima en el camino.

  2. C’est un véritable bonheur de lire ce site web

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