El Judio Ausente o la Politica de la Memoria

          Hubo una época en que era posible hablar del Holocausto sin mencionar a los judíos. Durante la guerra fría, tras la Cortina de Hierro, el aparat estalinista fue consistente en su decisión de eliminar toda alusión a ellos,  tanto en las crónicas oficiales como en los monumentos conmemoratorios a las “víctimas del fascismo”; haciendo abstracción de que la inmensa mayoría de éstas no había sido asesinada por su oposición al régimen, sino (cuantitativamente) por su pertenencia a una etnia, por su discapacidad o por su orientación sexual.

            Las razones de una omisión tan notoria son complejas. Por una parte, la burocracia gobernante compartía con amplios sectores de la población un antisemitismo de larga data y de tan profundo arraigo como para haber persistido en la Europa Oriental de la posguerra. Es decir, precisamente entre quienes fueron testigos directos de la ejecución brutal de esta ideología y en un momento en el que ya no quedaban judíos a quien odiar; como si en su ausencia este antisemitismo consensual tuviese que ser encauzado hacia una no-memoria de sus mártires.  A su vez, imperaba en estos países la necesidad de reconstruir una identidad nacional doblemente maltratada por la ocupación alemana; en el sentido de que no solo fueron aniquiladas sus élites,  sino también porque una buena parte de sus ciudadanos habían colaborado de una u otra forma con el ocupante. El término genérico, por lo tanto, se convertirá en una fórmula para sobreponer a tales sutilezas históricas la creencia de que la Nación entera había sido victimizada por los Nazis; recurriéndose a un expediente político, si se quiere -incluso- necesario, pero no por ello menos instrumental en perpetuar prejuicios étnicos y en exonerar a quienes colaboraron con los ocupantes por tal motivo.     

           Un eco de este silencio me sorprendió al leer el artículo Recordación del Holocausto, publicado en La Nación el pasado 27 de Enero; fecha señalada por Naciones Unidas para conmemorarlo.  El texto, por lo demás meritorio y –no cabe duda – bien intencionado, adolece del único pero grave defecto de brindar una visión del Holocausto en la cual están ausentes sus víctimas judías.

           No niego que esta omisión me provocó sentimientos ambiguos. Puedo entender la necesidad de hablar -en un día así- de las otras víctimas, y ser congruente con la decisión de Naciones Unidas de reconocer el carácter universal de esta tragedia (en el sentido de tratarse de un suceso tan enraizado en nuestra civilización, como para reclamar una constante actitud de vigilia frente a su recurrencia en perjuicio de cualquiera). Pero a la vez, me resisto a reducir tal universalización a un desplazamiento del foco de atención hacia otras categorías de mártires en detrimento de las que han recibido hasta ahora mayor notoriedad. No porque sea posible cuantificar el sufrimiento y decidir que los judíos merecen más compasión que los demás; sino porque su genocidio ocupa un lugar muy particular dentro de la historia del Holocausto, tanto a nivel de sus perpetradores como del impacto demográfico en sus víctimas. Y por ello no es posible hablar de aquél, sin aclarar expresamente que no será mencionado, dentro de este contexto, el exterminio sistemático de los judíos.

           Un dato importante que pienso debería de complementar las referencias que hace el artículo al programa de Eutanasia, es el hecho de que el mismo tuvo que ser oficialmente suspendido en 1941 debido a la protesta oficial de la Iglesia Católica alemana. Se trató de la única ocasión en que la Iglesia se opuso a la política genocida del régimen. Unos meses más tarde, pudo haber protestado contra la deportación de los judíos convertidos al cristianismo. No lo hizo y éstos acabaron compartiendo el destino de sus hermanos de raza. 

           El artículo citado tuvo el potencial de haber contextualizado el genocidio judío dentro del exterminio de otras categorías de civiles. No lo alcanza porque, al igual que los monumentos estalinistas, omite mencionar a aquéllos; dejando en el aire las sinrazones de este silencio.

           Corren aires adversos a la memoria de la Shoá. A la vez que se apaga la vida de sus últimos testigos, se vuelven más estridentes las voces que niegan la veracidad de sus recuerdos. No se trata ya tan solo de pseudo-intelectuales diletantes, sino de Presidentes electos y de Obispos rehabilitados. En estos tiempos, tan permeables a la falacia y a la negación, una omisión de tal calibre puede resultar peligrosa.

One Response to “El Judio Ausente o la Politica de la Memoria”

  1. Robert H. Bruce C. says:

    No podemos di debemos olvidar nunca el Holocausto. Deben gritarse a voces los nombres personas, etnias y enemigos del Nazismo que fueron ejecutadas sistemáticamente y debe devolverse a sus sobrevivientes los tesoros y memorias saqueadas.

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