Memoria del Holocausto y holocausto de la memoria

      Se dice que los judíos somos el Pueblo del Libro, que es tanto como afirmar que somos el Pueblo de la Memoria.

    En efecto, hemos hecho de la reiteración una virtud y llevamos milenios recordando todo lo que aprendimos de Moisés en el desierto. En nuestros tres rezos diarios, al bendecir cada alimento, al  abstenemos de un comportamiento prohibido y, en general, cada vez que repetimos un minhag o cumplimos con una mitzváh, transformamos nuestro presente en el permanente recordatorio de una memoria convertida en Libro.

      ¿De dónde vendrá tanta insistencia? ¿Cómo explicar la fuerza avasalladora de éste, nuestro onceavo mandamiento? ¿Fue por inspiración divina que nos fue revelada esta Religión de la Memoria? ¿O fue una historia humana de persecuciones y de exilios, la que nos hizo comprender que no hay otra supervivencia posible más que la de nuestras propias y más arcaicas reminiscencias?   

      Décadas antes del Holocausto, se extendió difusamente entre nosotros la premonición de un final inexorable. Mientras que algunos de nuestros bisabuelos se aferraban a la llegada del Mesías (prometida por el Libro) y otros ponían todo su esfuerzo en mesianismos políticos de distintos nombres; otros más (no pocos) se avocaron a construir nuestro último retrato colectivo, legándonos –de tal modo- el paradigma de futuras añoranzas.  Fue así como, en la Rusia zarista, legiones de folkistas dirigidos por Ansky recorrieron el país de pueblo en pueblo, recogiendo cuentos, grabando canciones, memorizando anécdotas y leyendas. Igual angustia por preservar un mundo en Yiddish -antes de que se desvaneciera para siempre- animará las creaciones literarias de Peretz y de Sholem Aleichem; así como las inolvidables canciones del compositor Mordechai Gebirtig (asesinado por los Nazis en el Gueto de Cracovia a sus 65 años).

      Una vez comenzado el exterminio, la necesidad de no olvidar asumió una nueva urgencia: la terrible certeza de que, esta vez, no quedaría nadie para contar después lo sucedido; que habría que contarlo ahora y salvar esas palabras, como el mensaje en  botella escrito por un náufrago a punto de ser asesinado. A lo largo y ancho del continente –y como si hubiese mediado un acuerdo tácito entre todos – fueron incontables los judíos acechados que con extraordinario sacrificio asumieron la difícil tarea de poner en palabras y preservar (¡para nosotros!) la escalofriante memoria de lo que estaba sucediendo.

      No obstante sus desesperados esfuerzos, estos luchadores de la memoria estuvieron a punto de ser vencidos. A la destrucción sistemática de los rastros de sus crímenes y de los últimos sobrevivientes -que con tanto celo llevaron a cabo los Nazis durante los últimos meses de la guerra- se sumaba la incredulidad que actos tan monstruosos suscitarían, una vez que se corriese el velo que (presuntamente) los ocultaba del mundo libre.

       De todas las torturas sufridas en el Holocausto, Primo Levi y Simón Wiesenthal, coincidían en evocar, con particular dolor, el cínico placer que embargaba a los S.S. cada vez que les repetían a sus prisioneros el siguiente discurso:

      De cualquier forma que acabe esta guerra, en lo que a Uds. respecta, la hemos ganado nosotros. Ninguno de Uds. quedará con vida para rendir testimonio; pero aunque alguno sobreviviese, el mundo no será capaz de creerle. Habrá sospechas, discusiones, investigaciones históricas, pero ninguna certeza; ya que destruiremos la evidencia junto con Uds. Y aún si quedase alguna prueba y alguno de Uds. sobreviviera, la gente dirá que los eventos que describen son demasiado monstruosos para ser creídos; dirán que se trata de exageraciones propagandísticas de los Aliados y nos creerán a nosotros, que lo negaremos todo, y no a Uds. Seremos nosotros quienes dictaremos la historia de los Lager

       Tan profundamente caló en los prisioneros esta imagen, que muchos recuerdan haber comenzado a soñar en cautiverio el sueño recurrente que describe Primo Levi en su libro Los Sumergidos y los Salvados:

      Habían regresado a casa y con pasión y alivio le describían a un ser amado lo que habían sufrido; pero nadie les creía y, de hecho, ni siquiera eran escuchados. En su variante más típica (y cruel) el interlocutor les daba la espalda y se alejaba de ellos

     Acabada la guerra, este sentimiento tan generalizado entre los sobrevivientes -aún si lo contásemos, nadie nos creería- se unirá a la indescriptible herida de sus recuerdos, para construir un muro que protegiese de los otros (de quienes no estuvieron allí) su dolorosa memoria de la Shoá. También animaba su silencio, la necesidad de resguardar a sus hijos del horror que nos hubiese alcanzado, de haber llegado al mundo unos pocos años antes. (Aún recuerdo como mis padres, hablando de la guerra con otros sobrevivientes, cambiaban de tema o de idioma, cuando nos descubrían escuchándolos). Pero, con el tiempo, la angustia de que sus muertos fuesen olvidados para siempre, acabó por resquebrajar el muro del olvido falso y abrió hacia nosotros en borbotones (muchas veces incomprensibles) el denso caudal de sus recuerdos.
 
      Y aún así, nosotros -los que vinimos después, los que llevamos los nombres de nuestros abuelos asesinados- hemos tenido que abrirnos paso para reclamar la cruda herencia de una memoria que nos antecede pero nos marca con una huella indeleble. Crecimos conmemorando en mayúsculas al Holocausto, pero trágicamente ignorantes de cómo sobrevivieron nuestros padres y fueron masacrados -en lugar suyo- nuestros abuelos y tíos; y también esos niños que, a pesar de haber nacido antes que nosotros, serán para siempre nuestros hermanos pequeños.

      En la película Etz Adomim Tafus, uno de los personajes dice: Algunos quieren olvidar en donde han estado; otros quisieran recordar en donde nunca estuvieron. En esta imagen se resume el sino de nuestra generación; la de los escasos hijos del resto salvado; la generación de quienes juramos no olvidar ese lugar tan terrible en donde nunca estuvimos.

       Somos un pueblo que, desde Amalek¸ se ha hecho a si mismo este tipo de juramentos; pero nunca tanto como ahora -en relación al Holocausto- se ha tratado de un deber tan urgente y tan sagrado. Ya no solo por los mártires y por lo que sufrieron nuestros sobrevivientes. Ya no solo por nuestra memoria inconclusa, sino también para conservar la distancia que moralmente nos separa de una Humanidad que hizo posible o resultó impotente frente al más atroz de sus crímenes. Y sin embargo, al mismo tiempo, nunca ha habido una memoria más difícil de salvar. La monstruosidad inconcebible que encierra; las cicatrices abiertas de sus únicos testigos y –finalmente- la inexorable dilución de sus vidas a través del tiempo; todo ello, ha vuelto compleja, frágil y trágicamente efímera la memoria del Holocausto. Muchos sobrevivientes fallecieron sin haber podido contar nada; otros, legándonos apenas algún fragmento de sus dolorosos recuerdos. Los pocos sobrevivientes que nos quedan, se ven desgarrados entre un silencio que los protege de heridas que nunca serán cicatrizadas y la consciencia de que el tiempo se consume y de que con ellos morirá la memoria de todo aquello que no pudo ser contado.

        A estos últimos sobrevivientes les ha tocado la más dura de las pruebas. A ellos – que no solo sobrevivieron el infierno, sino también el escepticismo inicial del mundo y  su tardío reconocimiento de la magnitud de la tragedia- les ha tocado arribar a tiempos oscuros, en el que se vuelven cada vez más estridentes las voces que, con una mezcla de estupidez y de cinismo, niegan la existencia de la Shoá.
 
       Primo Levi se quitó la vida antes de que el aire se viese enturbiado por las diatribas de Irving y de sus seguidores. No llegó a leer los periódicos que hablarían de una conferencia internacional convocada por Ahmadineyad, Presidente de Irán, para demostrar que el Holocausto nunca fue más que una patraña sionista. Ni supo de la Sra. Altman, sobreviviente de Auschwitz, que tuvo que escuchar de David Irving la siguiente pregunta: ¿Cuánto dinero le ha sacado Usted Señora, desde el año 45, a ese tatuaje que lleva en el antebrazo? Quizás, si la vida de Levi se hubiese prolongado lo suficiente,  hubiera que tenido que reinterpretar, bajo una luz más sombría, el discurso de los S.S. y el sueño recurrente de los prisioneros. Quizás la premonición ya estaba allí el día en que se quitó la vida.

       De nuestros seis millones de mártires, Yad Vashem ha logrado salvar del olvido apenas a la mitad de sus nombres. Muchos de los que faltan, ni siquiera sobrevivieron a sus dueños en alguna otra memoria. No fueron escasos los mártires asesinados junto a toda su familia, junto a cada uno de sus conocidos, junto a su pueblo entero. Pero también quedaron otros nombres dispersos en la memoria de quienes conocieron a los mártires; y dispersos también en nuestra vaga reminiscencia de haber oído hablar de ellos, por quienes ya no están aquí para recordarlos. Nombres que no tuvieron tiempo (o a los que se les está acabando el tiempo) de encontrar su nicho en esta gran memoria que se sigue escribiendo en Yad Vashem.

        Para la religión judía, el cuerpo no es menos sagrado que el alma. Así como nuestros sabios prohíben incinerarlo y exigen para él sagrada sepultura, también deben de recibirla todos los miembros que (en su caso) le hayan sido amputados. Es por tal motivo que en Israel -después de cada ataque terrorista- encontramos, junto a la Policía Militar, a un contingente de hombres religiosos buscando desesperadamente entre las ruinas restos de cuerpos humanos, arrancados durante la explosión y que también deben de ser enterrados; para que algún día, con la llegada del Mesías, puedan resucitar sin mutilación alguna. Así de profundo -si se quiere atávico- es el respeto que en nuestro pueblo merece la memoria de sus muertos.

       La mayoría de los cuerpos a los que el Holocausto les arrebató la vida, son cenizas sepultadas sin sus nombres. Los otros apenas, con algún fragmento de su memoria. No podemos borrar el fuego, ni rescatar de la muerte lo que no pudo ser contado. Pero podemos seguir buscando estos nombres, recogiendo estos fragmentos, y quizás -con ellos- construir una memoria que sea más fuerte que el tiempo.

       Cierro estas palabras con las que encontré en el texto Nosotros, judíos polacos, escritas por el poeta Julián Tuwin en Abril de 1944, para conmemorar el primer aniversario del levantamiento del Gueto de Varsovia. 

A mi madre en Polonia
O a su amada Sombra
(…)
Nosotros,
que ni siquiera hemos de hallar
las tumbas de nuestras madres
y de nuestros hijos;
tan hondas son las capas,
tan profusamente extendidas
por todo el país,
en un único y gigantesco cementerio.
No habrá un sitio consagrado
en donde dejar nuestras flores;
pero así como hace
el sembrador al sembrar granos,
las lanzaremos con un gesto amplio.
Y quizás alguna
encuentre el lugar…  

 Jaime-David Tishler
Enero-Abril, 2008

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